Dormir en casa ajena es todo un tema
Leandro Puntin Leandro Puntin

Dormir en casa ajena es todo un tema

La cara se volvió más nítida a pesar de la oscuridad, como si absorbiera cualquier fuente de luz cercana; le brotaron unos labios ennegrecidos, parecían formados por sanguijuelas en lugar de músculos; de las comisuras sobresalieron dientes afilados, muy pequeños, en forma de anzuelos; también, centímetros más arriba, dos fosas nasales que se comprimían y descomprimían a paso rítmico.  

Más que una cara ahora parecía una máscara orgánica, viva.  

Y atrás de la máscara, pensó Cacho, tenía que haber una criatura que se conectaba con la pared. O que surgía de la pared. 

Leer más
Intruso
Leandro Puntin Leandro Puntin

Intruso

Un puñado de bocetos acabaron en la papelera por motivos evidentes; en ninguno de ellos capté la naturaleza de la criatura sanguinaria que aterrorizaba al protagonista: un renacuajo de mi edad.

Y pensar que a mis padres les preocupaba mi poder creativo. ¿De qué servía la imaginación si mis ideas estaban reprimidas?

Ya en la cama, lamenté mi falta de talento y visualicé mentalmente a la criatura hasta quedarme dormido. No sospechaba que mi vida jamás volvería a ser la misma.

Leer más
El espíritu del fuego
Leandro Puntin Leandro Puntin

El espíritu del fuego

Mangoré y Aramí construyeron un rancho de troncos y paja en una lomada. Un pedazo de monte enganchado a un borde del mundo. Allí no se oía más que el rumor de la naturaleza. Los otros jóvenes se marchaban a la ciudad a sobrevivir en los semáforos y en las plazas. Ellos se quedaron allí, en el monte.

Leer más
Ni una pizca de piedad
Leandro Puntin Leandro Puntin

Ni una pizca de piedad

Bordamos el pañuelo. Clotilde me mostró una cajita con hilos de seda, alfileres y ojitos de vidrio. En el salón de costura había un florero de cristal con rosas amarillas. Me acerqué.

―¡Tienen olor a botica!

En realidad, el olor me recordaba a los sapitos en formol que había en el colegio.

Leer más
Empantanado
Leandro Puntin Leandro Puntin

Empantanado

Él calla. Karina lo mira con acritud:

―Decime: ¿todo te resbala a vos?

Sí, piensa él, arrellanado en el sillón rojo. Ese es un buen modo de describirme: todo me resbala. Es así, desde siempre.

Incluso sus hombros resbalan ligeramente, ahora, sobre el respaldo del sillón. Y oye los gritos de Karina, histérica. Él, muy tranquilo por el momento, piensa en otra cosa. O, mejor dicho, no piensa en nada.

Leer más