
Dormir en casa ajena es todo un tema
La cara se volvió más nítida a pesar de la oscuridad, como si absorbiera cualquier fuente de luz cercana; le brotaron unos labios ennegrecidos, parecían formados por sanguijuelas en lugar de músculos; de las comisuras sobresalieron dientes afilados, muy pequeños, en forma de anzuelos; también, centímetros más arriba, dos fosas nasales que se comprimían y descomprimían a paso rítmico.
Más que una cara ahora parecía una máscara orgánica, viva.
Y atrás de la máscara, pensó Cacho, tenía que haber una criatura que se conectaba con la pared. O que surgía de la pared.

Intruso
Un puñado de bocetos acabaron en la papelera por motivos evidentes; en ninguno de ellos capté la naturaleza de la criatura sanguinaria que aterrorizaba al protagonista: un renacuajo de mi edad.
Y pensar que a mis padres les preocupaba mi poder creativo. ¿De qué servía la imaginación si mis ideas estaban reprimidas?
Ya en la cama, lamenté mi falta de talento y visualicé mentalmente a la criatura hasta quedarme dormido. No sospechaba que mi vida jamás volvería a ser la misma.

El espíritu del fuego
Mangoré y Aramí construyeron un rancho de troncos y paja en una lomada. Un pedazo de monte enganchado a un borde del mundo. Allí no se oía más que el rumor de la naturaleza. Los otros jóvenes se marchaban a la ciudad a sobrevivir en los semáforos y en las plazas. Ellos se quedaron allí, en el monte.

Ni una pizca de piedad
Bordamos el pañuelo. Clotilde me mostró una cajita con hilos de seda, alfileres y ojitos de vidrio. En el salón de costura había un florero de cristal con rosas amarillas. Me acerqué.
―¡Tienen olor a botica!
En realidad, el olor me recordaba a los sapitos en formol que había en el colegio.

Empantanado
Él calla. Karina lo mira con acritud:
―Decime: ¿todo te resbala a vos?
Sí, piensa él, arrellanado en el sillón rojo. Ese es un buen modo de describirme: todo me resbala. Es así, desde siempre.
Incluso sus hombros resbalan ligeramente, ahora, sobre el respaldo del sillón. Y oye los gritos de Karina, histérica. Él, muy tranquilo por el momento, piensa en otra cosa. O, mejor dicho, no piensa en nada.