Dormir en casa ajena es todo un tema

Por M.V. Ojeda Etchegoyen


Subiendo las escaleras, Cacho recordaba el chiste más pelotudo de la noche: «¿Conocés a José? El que te la puso y se fue ja, ja, ja».  En realidad, analizándolo, el chiste tenía un mensaje subliminal. Uno que, con la efectividad del viagra diluido, a Cacho le surtió efecto tarde: él también quería ponerla. Ahora, a cada paso, los peldaños gemían como las gatas en celo. Y no dejaba de pensar en lo lindo que hubiera sido que Claudia —su noviecita de veinticinco años— subiera con él, también para gemir.   

Pero Claudia lo había rajado al carajo: 

—Estás re en pedo, andá a dormir, boludón.

—La piba tiene razón, Cacho. Tirate en la pieza de Julio —había dicho Edgar, el anfitrión de la noche, justo cuando pasó al lado de él—. Tirate con confianza, vos que siempre me decías que no. Aprovechá, mirá que todavía no sacamos la cama matrimonial con la Zulema.   

Un minuto después ahí estaba Cacho, en las escaleras de su viejo amigo, viendo balancearse el mundo en cámara lenta. Imaginó que así se habrían sentido los pasajeros del Titanic mientras el barco se enterraba en la concha del océano: una experiencia vertiginosa, letárgica, nauseabunda, impotente.  

Al llegar al piso de arriba, Cacho giró la cabeza todavía con un pie sobre el último escalón. Y vio cómo, abajo, en el living, se congregaban docenas de invitados: el salón principal brillaba con telas azuladas, suvenires con forma de ángeles, y un enorme banderín de papel: BABY SHOWER DE JULIO. Alguien había puesto a sonar “Hey Jude” de Los Beatles. Sin embargo, un coro, a modo de acapellas, compuesto por borrachos y marihuaneros, había remplazado el Jude por Julio. 

Cacho no se avivó, o quizás sí, a duras penas, que a cada paso se adentraba en la parte más oscura y solitaria de la casa. 

Qué aburrido, pensaba, qué desperdicio, qué poronga. Y la queja provenía de un razonable argumento: la fiesta era abajo, no arriba. Y hablando de arriba, le hubiera gustado tenerla a Claudita sobre él, cabalgándolo toda la noche. Ella con toda la juventud que le propiciaban los veinticinco años; piel sedosa, tetas firmes, agujeros frescos. Uy, por favor. Los beneficios de salir con tu secretaria…  ¡Mierda! Trató de reírse de su pajera desgracia, pero no consiguió más que unos movimientos descoordinados. Obvio, por si cabía algún atisbo de duda, efectivamente estaba re contra en pedo

La música le llegaba por atrás cada vez más… lejana. Los cántaros y acapellas se distorsionaban, gracias a su alcoholizado cerebro, por voces que parecían inhaladas, no exhaladas.  

Cacho se aferraba de las paredes con ambos brazos, como trípodes para no perder la estabilidad. Se movió rápidamente a la derecha, con la habilidad de quien gira el volante a doscientos kilómetros por hora en el Rally Dakar, y encontró lo que buscaba: el cuarto de Julio. 

Ni siquiera supo en qué momento llegó a la cama, aunque había visto de reojo la cuna, ya estaba tirado en el esponjoso colchón matrimonial. Ah, qué paz. Miraba el papel tapiz con jirafas, leones y monos en una caricaturesca selva, recorriendo las paredes. Le recordaban algo. Algo malo. 

Cacho se desabrochó los botones de la camisa: dejando emerger una inflada barriga, alimentada a base de asados y fernets. Intentó acomodarse entre las sábanas con fragancia a Lysoform y fue cayendo dormido. 

Abrió los ojos a las tres de la mañana. 

En la cama de al lado dormía Edgar, el pibe nuevo del cole. 

Cacho compartía gustos con Edgar; a los dos les gustaba coleccionar los tazos de Pokémon, los que venían con los paquetes de papas fritas Lays; en el patio de recreo hablaban todo el día de Los Caballeros del Zodiaco y de Dragon Ball, que si Goku era más fuerte que Seiya, que si Saori estaba más buena que Bulma, que esto y lo otro; se juntaban todos los fines de semana a jugar con las máquinas arcade, no existía sábado o domingo en que no se masacraran en un depravado Mortal Kombat 3.  

Esa noche, Cacho se había quedado a dormir en lo de su amigo por primera vez. Todo porque el papá de Edgar había cobrado un lindo aguinaldo en el laburo y, bueh, armó una festichola: hubo mollejas con provenzal y costillar a la parrilla marinado en chimichurri. Manjares de Dios. 

Y por culpa de los manjares, no tanto de Dios, a Cacho le entraron ganas de echarse un resonante y bien extendido cago.  

Intentó no pedorrearse al salir de la cama. Lo logró. Después fue descalzo para el baño que estaba en el piso inferior. Eso sí, bajó con miedo por las escaleras. No porque su mente fuera creativa con historias de fantasmas, ni porque temiera a las sombras, sino porque su casa era de un solo piso y no quería dar un espectáculo despertando a todos rebotando de culo escalón a escalón, cual pelota de básquet.  

Por suerte, garcó tranquilo. 

Al volver a la cama se tapó con la frazada hasta la nariz. Le costaba dormirse en una habitación que no fuera la de él. Ah, cómo extrañaba casita. Además, pululaba en su mente el aviso de su vieja: «Cachito, si alguien te toca me decís, mirá que dormir en casa ajena es todo un tema». 

Cacho era pendejo, no pelotudo.  

Entendía que jamás debía confiarse de un adulto en territorio desconocido. Pero la familia de Edgar era lo que se decía: unos panes de Dios. Eran de esos especímenes religiosos que daban las gracias antes de comer, no puteaban ni a las moscas, y tenían una biblia abajo del lavamanos. Dale, ¿a quiénes lastimarían unos evangélicos? ¿No eran los curas cristianos los peligrosos? Cacho estaba confundido. Para colmo la casa, aunque más que casa era una casota, quedaba en medio de los campos de Glew. De noche no se veía por la ventana otra cosa que pasto, pasto y más pasto. Es decir, si alguien le tocaba la cola tampoco es que pudiera hacerse mucho.

Al parecer el papá de Edgar había heredado la propiedad de unos abuelos que manejaron un matadero industrial o algo así. La verdad es que Cacho no tenía mucha idea. 

Y justo cuando estuvo por cerrar los ojos, ya somnoliento, vio moverse algo en la esquina del cuarto, exactamente en donde se juntaban las dos paredes en un ángulo, a metro y medio arriba del piso: era una silueta menos oscura que el resto del lugar; con un óvalo que parecía formar una… cara. 

Cacho se restregó los ojos con los nudillos y se inclinó sobre el colchón, con los brazos tirados atrás a modo de resorte. No, imposible. Tenía que tratarse de otra cosa. 

—Soy un boludo —susurró. 

Y la cara seguía ahí.

Esa no estaba cuando me desperté, pensó, y mucho menos cuando entré a la pieza de Edgar a la tarde. 

Se trataba de una silueta facial negra, lívida, desdibujada en la esquina. A simple vista, se le notaban la quijada, las orejas, ¿el pelo? No, no era pelo, sino diminutos filamentos sobresaliéndole alrededor, al igual que las pelusas de las tarántulas.  

Pero… ¿Una cara en la esquina? 

Bah, quizás era un maniquí o alguno de esos bustos que usaban los ricos para dárselas de “finos intelectuales”. 

—No, no. Estoy flasheando —dijo Cacho, aunque nunca se sintió tan inseguro de una palabra en su vida. 

Por si las dudas, barrió el cuarto con la mirada, cerciorándose de que aquello era producto de una luz que rebotaba sobre algún trapo o perchero. Pero no. Por la única ventana no entraba ningún tipo de luz: afuera no había luna, estaba nublado. ¿Y el resto de la habitación? Limpia. Nada más se entreveía una televisión, una biblioteca llena de cómics, y un armario en forma de baúl. 

¡Ah, una mancha de humedad! Sí, eso tenía que ser…

¿No?  

La cara se volvió más nítida a pesar de la oscuridad, como si absorbiera cualquier fuente de luz cercana; le brotaron unos labios ennegrecidos, parecían formados por sanguijuelas en lugar de músculos; de las comisuras sobresalieron dientes afilados, muy pequeños, en forma de anzuelos; también, centímetros más arriba, dos fosas nasales que se comprimían y descomprimían a paso rítmico.  

Más que una cara ahora parecía una máscara orgánica, viva.  

Y atrás de la máscara, pensó Cacho, tenía que haber una criatura que se conectaba con la pared. O que surgía de la pared. 

Cacho dio media vuelta tapado con la frazada, intentó despertar a Edgar en la otra cama, sacudiéndolo por los hombros. No pudo. Edgar roncaba como un oso hibernando.

—No, no, no, andá a cagar. —Cacho salió a los pedos de la cama y encendió la luz del cuarto. 

Ahora no había nada. 

Nada.

Vio una esquina vacía y pulcra, sin telarañas ni manchas de humedad, siquiera un puto insecto. Por Dios. La realidad era que solo veía un papel tapiz junto a dos pósteres: uno de Martín Palermo y otro de Juan Román Riquelme.  

—Apagá la luz, Cacho —murmuraba su amigo—: mirá que entramos temprano al cole. 

—¡No, yo acá no duermo ni loco!

—¿Eh? 

—Que te vayas a la concha de tu madre, Edgar. Me voy a mi casa. 

Ahora despertó, con la mezcla del pedo y resaca cayéndole sobre sus treinta y pico años, y un espantoso frío sobre la piel. Cacho tragaba saliva. El cuarto parecía muchísimo más grande que en el momento en que había entrado. 

Se pasó una mano por la sudorosa frente.

Durante años le dio vueltas a aquel episodio, todo para llegar a la inequívoca conclusión de que había sido una pesadilla. Y, a posterior, una buena historia para contar entre amigos. No fue con esa que particularmente conquistó a la veinteañera de Claudia, pero se entendía. 

Aun así, no había vuelto a la casa de Edgar desde entonces. Y hablando de no volver, jamás se había quedado a dormir de nuevo en Glew. Decirle “No” a Edgar se había convertido en una rutina que se extendió hasta que le salieron granos y reemplazó las fatalitys de Mortal Kombat 3 por los blowjob en Petardas.com. 

La relación de amistad entre los dos prosperó, pese al terror. Y con el paso de los años él casi que olvidó esa noche. 

O así creía.

Ahora yacía ahí, solo, con la música arrastrándose lentamente por las escaleras, con la debilidad de una estela de humo. Se sentía encapsulado en otra dimensión. Tampoco era como meterse en Pesadilla en la Calle Elm, con Freddy Krueger ansioso por descostillarlo, por el contrario, esta era una dimensión más pacífica y letárgica. 

Cacho sentía los músculos adormecidos y las plantas de los pies tan relajadas que apenas lograba mover los dedos. 

Por si las dudas, buscó el celu en los bolsillos del pantalón, llamaría a Claudia para que subiera a buscarlo. Pero no. No lo tenía. Al parecer lo había olvidado en el piso de abajo, en algún punto de aquella mesa atestada en manís, papas fritas, nachos, porros, sanguches de miga, birras, damajuanas, fernets, sidras y fiambres.

Pero dale, ¿en serio pensaba que vería una cara en la pared? ¡Dejate de joder, Cacho! 

Él ya era un boludo grandote.

Pero…

Había investigado del tema una vez cuando era adolescente. Pareidolia. Así se llamaba al fenómeno psicológico del que era víctima alguien que creía ver rasgos humanos en superficies sólidas. Recordaba, sobre todo, haber leído casos de fanáticos religiosos que juraron presenciar la cara de Jesucristo en árboles, piedras, y hasta en la celulitis de una nalga. Al final, esas historias no eran para Cacho otra cosa que delirios, casualidades fruto de la imaginación o la desesperada necesidad de fe. Y tenía mucho más sentido que él lo hubiera experimentado a los nueve años.

Claro. Obvio. Por supuesto. 

Un pibito en la casa de unos desconocidos…Ja, por favor ¡Las neuronas podían dar vida a todo! En especial antes que no existía el internet, Google, Chat GPT ni ninguna de esas aplicaciones que alimentaban la profecía de Terminator. 

Y ahora con el nivel de alcohol en la sangre por las nubes, ¿podría ocurrir lo mismo? ¿No tenía más sentido vivir un episodio de pareidolia, o como chota se llamara, estando en pedo? 

No, mejor no pensarlo. 

Cacho ya no quería seguir desplomado en esa cama y en esa habitación. Más que nada ya no quería pensar en esas cosas. 

La mente —sobre todo una chapuceando en un apestoso lago de fernet—, podía desviarse a profundidades sórdidas: para muestra un botón; Stephen King escribió Cujo totalmente borracho. 

Poco antes de levantarse, la vio. Ahí estaba tan oscurecida como la primera vez: la cara. Además, en la misma esquina y en el mismo ángulo. Estaba cerca de la futura cuna de Julio; de momento, la reconocible desgraciada, era un manchón negro con quijada, orejas y pelitos. 

Cacho se frotó los ojos. 

En efecto, seguía ahí.

A Cacho el estómago se le hundió con fuerza en una punzada de vértigo.  

La cara, no, ya no cara, la máscara orgánica, pareció moverse con parsimonía al ritmo de sus movimientos. Lo imitaba. Y entonces le brotaron un par de labios, como si fueran sanguijuelas de río que aparecen tras la corriente, y una fila de dientes pequeñitos… Muy punzantes. 

¿Y si, más que dientes, eran arpones a punto de cazar una presa grande, de más de ciento diez kilos, cargada de litros y litros de fernet? O sea, una pieza como él. 

—Es una rata en la pared —dijo Cacho—. La casa es vieja. La casa tiene más de cien años. 

A quién engañaba. Eso no era una rata en la pared. Era mucho más intimidante que cualquier roedor. De hecho, se estaba volviendo un poquitito más grande. 

—Ave María purísima, sin pecado concebida —decía él una y otra vez. 

Y ocurrió. 

Cacho notó algo circular sacudiéndose en el interior de la máscara; una circunferencia que iba y venía en zigzags, similar al movimiento de una esfera del pinball; pero al cabo de unos segundos dejó de moverse, el algo se quedó quieto; entonces reveló tratarse de un ciclópeo glóbulo ocular con pupila y todo, lechoso, aceitado, con los nervios rojizos en formas de ramitas y, lo peor, concentrado glotona y golosamente en él. 

—Ave María purísima, sin pecad… Ma´ si´. —Cacho abandonó la cama, orinándose y con los ojos mojados—. ¡Andate a la re putísima madre que te re mil parió, bicho del orto!

Salió del cuarto. 

Su objetivo primordial era bajar las escaleras, pero el alcohol y el miedo se lo impidieron. Buena combinación para Stephen King, mala para él. De modo que, cumpliendo el peor susto de su infancia, Cacho rebotó peldaño a peldaño, cual pelota de básquet. Dio tantas vueltas que tuvo suerte de no romperse el cuello, aunque se estampó contra el último de los escalones nalgas para arriba. 

Al levantarse, tenía la cabeza llena de sangre y la piel lubricada con olor a chivo. La peor parte se la llevaron sus pantalones: meados y desgarrados en hilachas de tela. Por atrás le asomaba mucho más que la raya del culo.  

En la casa sonaba “Jijiji” de los Redonditos de Ricota. Pero ya nadie atendía al Indio Solari, sino al demacrado aspecto de Cacho. 

Claudia lo socorrió con una servilleta en la mano, sin embargo, más rápido fue Edgar que apareció a las apuradas con un montón de vendajes:

—¿Estás bien…amigo?

—Andate a la concha de tu madre, Edgar. Buenas noches.

Cacho abrió la puerta de la casa rajando al carajo. Claudia lo siguió al instante. Ninguno de los dos se quedó a esperar una ambulancia ni cualquier otro tipo de auxilio. Él arrancó el achatado Fiat Uno y condujo rápido al centro porteño. Ella estuvo todo el viaje tratándolo de borracho de mierda, que cuando todo se calmara terminarían la relación, que cómo le explicarían a Edgar y a la Zulema lo ocurrido, eso y muchas cosas que terminaban en «gordo termotanque de medialunas». Pero él no la escuchaba. En realidad, Cacho no hacía más que mirar la sombría ruta, el cielo nublado, y las vacas desperdigadas a los costados del camino: todas manchas negras observándolo fijamente.    

Cacho pensaba que dormir en casa ajena era todo un tema, sobre todo meses después, cuando el hijo de Edgar, Julio, desapareció de la cuna y jamás volvió a aparecer.


Siguiente
Siguiente

Intruso