
Me cuesta un montón hablar sobre mí.
Siempre creí que lo importante eran los textos, no el autor.
Si los textos son sinceros, revelan muchísimo más del autor que cualquier biografía pedorra o una pareja despechada con dos tragos encima.
Lo cierto es que soy entrerriano, y dicen que nací el 6 de septiembre de 1989. Pero ni idea, no me acuerdo. Confiaremos en mis padres y en el empleado del Registro Civil.
Escribo desde los seis años. Primero fueron cuentos sobre Sonic y Las Tortugas Ninja —lo que hoy llaman fanfic—; en la secundaria, anécdotas chistosas sobre mis profesores y compañeros; después me dediqué por dos décadas a las canciones; y ya de adulto me aboqué de lleno a la literatura de terror: amor que había descuidado pero nunca abandonado.
Gané algunos concursos por acá y por allá, pero no vale la pena mencionarlos, porque gané con escritos que hoy me dan vergüenza y, especialmente, porque no tenía ni la más puta idea de lo que hacía. Hoy, dudo del estado mental de los jurados que me eligieron: o les di lástima, o jamás en su vida leyeron un cuento de terror bien escrito.
En fin, me capacité y me nutrí de grosos como Teresita Yugdar, Israel Pintor, Anahí Flores, Luis Mey, Carlos Chernov y Alejandro Baravalle.
Y ya que estamos, jamás habría empezado a escribir si estos cuatro señores no me hubieran podrido la cabeza desde tan pequeño: alzo mi vasito de plástico por Barker, Katsenbach, Ketchum y King.
«Sin Semáforos: relatos de un pueblo tan podrido como el tuyo» es mi primera antología de terror publicada.
Re tosco ese final; no pega con lo que venía diciendo. Cualquiera, Leandro, cualquiera.